
El hombre escuchó esas palabras y por un momento fué un chico.
Se sintió como en un sábado por la tarde, como si bajara de la calesita.
Como si estrenara zapatillas, como si le hubiesen comprado algodón de azúcar.
Como en las películas se ven las caras felices riendo en cámara lenta.
Como metiendo los pies en el agua sin permiso.
No pensó que se sentiría así. Así de bien y al mismo tiempo así de mal.
Al mismo tiempo el sonido del monitor y la respiración trabajosa de quien le había dicho esas palabras.
El hombre no pudo evitar las lágrimas. Y se sintió asombrado y dolorido, luminoso y amargo, feliz y quebrado el corazón, todo a la vez.
Tantas veces había escuchado sus palabras llenas de cariño, de aliento, animando a la gente a seguir, a esforzarse, a mejorar. Diciendo "vales mucho", diciendo "Él te ama", diciendo "te amamos", pero siempre desde el púlpito, eran palabras con cariño -o con amor- para todo el grupo, el conjunto de personas, el rebaño! el pueblo, la congregación, le llaman de tantas maneras.
Tantas veces había escuchado su voz potente diciéndole a tantas personas palabras parecidas a las de recién. A tantas personas.
Desde siempre lo había escuchado predicar y lo había visto madrugar, esforzarse, preocuparse por la gente. Había visto sus ojos de alegría, cansancio, tristeza.
Y ahora le dijo esas palabras a él, sólo a él. No a la gente de las bancas, no a otros, no a los "hijos espirituales", sino sólo a él. Por primera vez.
Y luego el silencio. Y esa mirada cansada y penetrante, la misma que le hacía estremecer de chico.
El hombre quiso hablar, quiso responder algo pero no pudo. En su mente pasaban tantos momentos, tanto tiempo.
Sólo pudo acariciar burdamente la mejilla arrugada y mirarle también él a los ojos.
Y reinó el casi silencio, sólo interrumpido por el sonido del monitor y la respiración arenosa del anciano en la camilla.
Y en la cabeza del hombre seguían resonando esas palabras y refrescaban como un rocío los años de espera, los años de necesidad. Esas simples palabras cubrían frágilmente el dolor de no haberlas oído, de no haberlas tenido nunca antes para sí.
Esas palabras que al fin eran suyas y de nadie más. Esas palabras que con la voz cansada y los labios resecos el anciano en la camilla del hospital, su padre, en los últimos respiros de su vida, al final de su carrera, le dijo tembloroso:
"Hijo, te amo. Estoy orgulloso de ti".
1 comentario:
que hermoso lila me emociona mucho esta historia
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