LOS VASOS DE CRISTAL





No era miedo, por supuesto. Ni siquiera era esa sensación muda que da el recorrer una biblioteca enorme o un cementerio.


En realidad eran las ganas contenidas de que ellos sigan allí, como si nada, como sin tiempo. Como cuando éramos niños y ella nos esperaba en el portón, como cuando él llegaba del trabajo silbando bajito. Ganas de regresar a aquéllos días, cuando ella me abrazaba con el delantal oliendo a cebolla, cuando jugábamos carreras regresando de la escuela, cuando él se veía tan alto, tan fuerte, con su voz profunda que nos daba una mezcla de orgullo y temor.


Los años pasaron, crecimos. Todos crecimos. Y poco a poco fuimos haciendo cada quien su vida, su propia historia. Sin embargo, siempre nos reencontrábamos en las navidades, semana santa, el aniversario de "los viejos". Y siempre ellos sin saberlo eran quienes seguían manteniéndonos unidos.


Con el tiempo también nuestros propios hijos formaron sus vidas, cada navidad la casa de los viejos quedaba más chica y luego que todos nos íbamos la soledad para ellos era más grande. Ahora lo sé.


Porque es lo que nosotros, sus hijos, sentimos ahora y nos anuda la garganta. Nos miramos con los ojos brillantes y en silencio. Aquí estamos, en la casa que siempre fue nuestro nido y ahora sin ellos está vacía.


Llegó la hora de vender la casa, llegó la hora de apilar los muebles, de guardar las demás cosas en cajas. Vaya a saber qué haremos con todo esto -digo-, vaya a saber -me responden en voz baja-.


Empezamos a guardar. Los abrigos de papá, la caja de los botones, las lanas, las chalinas de mamá para ir a la iglesia, los adornos que ella cuidaba tanto cuando éramos chicos. Los libros de papá apilados ordenadamente, las biblias desteñidas. Los cuadros con fotos. Guardábamos todo cuidadosamente y en silencio.


Luego fuimos a la cocina. Apilando manteles y fuentes comenzamos a recordar anécdotas y comentar sobre ellas, nos reíamos una y otra vez hasta que llegó el momento de guardar la vajilla del mueble grande, los platos y vasos de vidrio, los vasos de cristal, las copas, una ponchera, tazas, teteras y esas cosas. Uno de nosotros tomó valor y abrió una de las puertecitas. CON CUIDADO -dijimos a una voz-. Es que ese mueble era el de "cosas que se pueden romper". A medida que guardábamos regresó el silencio cubierto de recuerdos.


Volviendo a casa miré las cajas que me habían tocado y recordé a mamá. Siempre nos servía el almuerzo y la cena con un cuidado especial que denotaba su amor, siempre nos ponía la vajilla linda, lo que hoy decimos “para las visitas”, y luego ella se sentaba a nuestro lado con su plato blanco y su vaso de aluminio. Siempre el mismo plato, siempre el mismo vaso, siempre preocupada preparando nuestra mesa, nuestras cosas y ella sin darse cuenta dejándose para lo último. Y cuando crecimos y la casa quedó sólo para ellos, ellos cenaban con esos mismos platos y vasos.


Me dieron ganas de tenerlos conmigo, de abrazarlos y decirles que los amaba, que los amo, agradecerles por todo lo que me brindaron, tuve ganas inmensas de prepararles muchos almuerzos y cenas con la mejor vajilla, ganas de darles lo mejor, tanto como ellos me dieron a mí. Como nos hicieron sentir siempre, seguros, amados, importantes. Como cuando el pie crecía y nos daban zapatos nuevos para la escuela, aunque papá tenía que remendarse los suyos otra vez, y los libros, la educación, los cuidados, el amor. Sé que un día nos volveremos a ver, y quisiera prepararles una fiesta ese día, y servirles. Porque dejando de lado las diferencias familiares naturales, ellos procuraron lo mejor para sus hijos. Y nunca les agradecimos con palabras. Ahora quisiera decirlo y ellos no están. No está mi papá trabajador, honesto, preocupado por su familia, merecedor de todas las fuentes de plata. No está mi mamá dulce, ella misma vaso frágil, vaso de cristal brillante y melodioso.



Cuantos años han pasado. La vida corrió apresurada y nos subimos a su tren. En esa velocidad se nos han pasado personas y momentos. Cuantas charlas interrumpidas con mis hijos porque estábamos preocupados y ocupados. Cuanta gente a la que escuchamos y atendimos más que a nuestra gente. Cuantas horas dedicadas al trabajo y al ministerio y cuantas menos dedicadas a mi familia. Y no quiero que se me vaya el tiempo y se me vaya la gente que amo sin decirles y mostrarles lo importantes que son para mí. El tiempo más valioso, el amor con hechos. El amor más dedicado, porque el tiempo se va, y luego no estaremos, y esta casa también quedará sola. Esto que siento es sin duda fruto de lo que mis padres sembraron en mí. Y aunque hayan pasado años, no es tarde. No es tarde para brindarle a mi familia lo mejor.