MOMENTO 1





Te miro.


Veo tus ojos que miran a un punto a lo lejos, por encima de mí. Tal vez hasta por encima de esta realidad, por encima de este momento.


Es extraño ver lo que veo ahora mismo, que pese a ser alguien adulto tus ojos son como los de un niño.


Ojos limpios. Ojos transparentes. Ojos de agua, diría poetizando.


Aunque se oculten detrás de la seriedad, de lo cotidiano, del desdén, de las cuentas que pagar, de los reclamos y la lista de gastos, del recibo de sueldo, de los mails y códigos, y sites y preguntas y respuestas... aunque se escondan detrás de tu rápido caminar y las historias fugaces o no que suceden ante ellos, tus ojos siguen siendo ojos de niño.


Pero no te alertes así. No voy a decirle a nadie.


Nadie más sabrá que te brillaron los ojos, que evitaste mirarme por momentos. Y nadie sabrá que te abrazo si tienes miedo, y que te dejo descansar. Y que me abrazaste en silencio largo rato alguna vez, sin más que eso. Nadie sabrá cuánto nos reímos, ni con qué canción te habías emocionado y luego yo. Ni sabrán si por momentos te apartas, como si quisieras no quedarte aferrado al cariño real. No sabrán si escapas de miedo, si buscas lo imposible por temor a lo posible. Si esperas la utopía porque es más sencillo esperarla, que esperar lo real y concreto. Tal vez por lo que has vivido. Tal vez por no saber lo que podrías vivir.


Nadie más sabrá que tus ojos siguen siendo de niño.


Nadie más sabrá que me abrazaste y te abracé cerrando ambos los ojos.


O que me abrazas y te abrazo de verdad y con los ojos transparentes y abiertos.




LOS VASOS DE CRISTAL





No era miedo, por supuesto. Ni siquiera era esa sensación muda que da el recorrer una biblioteca enorme o un cementerio.


En realidad eran las ganas contenidas de que ellos sigan allí, como si nada, como sin tiempo. Como cuando éramos niños y ella nos esperaba en el portón, como cuando él llegaba del trabajo silbando bajito. Ganas de regresar a aquéllos días, cuando ella me abrazaba con el delantal oliendo a cebolla, cuando jugábamos carreras regresando de la escuela, cuando él se veía tan alto, tan fuerte, con su voz profunda que nos daba una mezcla de orgullo y temor.


Los años pasaron, crecimos. Todos crecimos. Y poco a poco fuimos haciendo cada quien su vida, su propia historia. Sin embargo, siempre nos reencontrábamos en las navidades, semana santa, el aniversario de "los viejos". Y siempre ellos sin saberlo eran quienes seguían manteniéndonos unidos.


Con el tiempo también nuestros propios hijos formaron sus vidas, cada navidad la casa de los viejos quedaba más chica y luego que todos nos íbamos la soledad para ellos era más grande. Ahora lo sé.


Porque es lo que nosotros, sus hijos, sentimos ahora y nos anuda la garganta. Nos miramos con los ojos brillantes y en silencio. Aquí estamos, en la casa que siempre fue nuestro nido y ahora sin ellos está vacía.


Llegó la hora de vender la casa, llegó la hora de apilar los muebles, de guardar las demás cosas en cajas. Vaya a saber qué haremos con todo esto -digo-, vaya a saber -me responden en voz baja-.


Empezamos a guardar. Los abrigos de papá, la caja de los botones, las lanas, las chalinas de mamá para ir a la iglesia, los adornos que ella cuidaba tanto cuando éramos chicos. Los libros de papá apilados ordenadamente, las biblias desteñidas. Los cuadros con fotos. Guardábamos todo cuidadosamente y en silencio.


Luego fuimos a la cocina. Apilando manteles y fuentes comenzamos a recordar anécdotas y comentar sobre ellas, nos reíamos una y otra vez hasta que llegó el momento de guardar la vajilla del mueble grande, los platos y vasos de vidrio, los vasos de cristal, las copas, una ponchera, tazas, teteras y esas cosas. Uno de nosotros tomó valor y abrió una de las puertecitas. CON CUIDADO -dijimos a una voz-. Es que ese mueble era el de "cosas que se pueden romper". A medida que guardábamos regresó el silencio cubierto de recuerdos.


Volviendo a casa miré las cajas que me habían tocado y recordé a mamá. Siempre nos servía el almuerzo y la cena con un cuidado especial que denotaba su amor, siempre nos ponía la vajilla linda, lo que hoy decimos “para las visitas”, y luego ella se sentaba a nuestro lado con su plato blanco y su vaso de aluminio. Siempre el mismo plato, siempre el mismo vaso, siempre preocupada preparando nuestra mesa, nuestras cosas y ella sin darse cuenta dejándose para lo último. Y cuando crecimos y la casa quedó sólo para ellos, ellos cenaban con esos mismos platos y vasos.


Me dieron ganas de tenerlos conmigo, de abrazarlos y decirles que los amaba, que los amo, agradecerles por todo lo que me brindaron, tuve ganas inmensas de prepararles muchos almuerzos y cenas con la mejor vajilla, ganas de darles lo mejor, tanto como ellos me dieron a mí. Como nos hicieron sentir siempre, seguros, amados, importantes. Como cuando el pie crecía y nos daban zapatos nuevos para la escuela, aunque papá tenía que remendarse los suyos otra vez, y los libros, la educación, los cuidados, el amor. Sé que un día nos volveremos a ver, y quisiera prepararles una fiesta ese día, y servirles. Porque dejando de lado las diferencias familiares naturales, ellos procuraron lo mejor para sus hijos. Y nunca les agradecimos con palabras. Ahora quisiera decirlo y ellos no están. No está mi papá trabajador, honesto, preocupado por su familia, merecedor de todas las fuentes de plata. No está mi mamá dulce, ella misma vaso frágil, vaso de cristal brillante y melodioso.



Cuantos años han pasado. La vida corrió apresurada y nos subimos a su tren. En esa velocidad se nos han pasado personas y momentos. Cuantas charlas interrumpidas con mis hijos porque estábamos preocupados y ocupados. Cuanta gente a la que escuchamos y atendimos más que a nuestra gente. Cuantas horas dedicadas al trabajo y al ministerio y cuantas menos dedicadas a mi familia. Y no quiero que se me vaya el tiempo y se me vaya la gente que amo sin decirles y mostrarles lo importantes que son para mí. El tiempo más valioso, el amor con hechos. El amor más dedicado, porque el tiempo se va, y luego no estaremos, y esta casa también quedará sola. Esto que siento es sin duda fruto de lo que mis padres sembraron en mí. Y aunque hayan pasado años, no es tarde. No es tarde para brindarle a mi familia lo mejor.