Por Lila Musik
Yo vi tu mirada.
Vi el gesto de tu boca, como a punto de decir algo y callando.
Recuerdo cuando te vi mirarme por primera vez. En una de las clases de música comenté que tocaba la guitarra, por lo que el profe me animó a que la lleve y toque algo, la siguiente clase toqué un poco, claro, nada del otro mundo, “Después de ti” de Lerner y “Color esperanza”, eso te llamó la atención, vi tu sonrisa de agrado. En el recreo me preguntaste qué otra música me gustaba tocar, te conté de Satriani, que me hubiese gustado verlo cuando vino a Buenos Aires a tocar, te conté de Clapton, de Salinas, de Jorge Drexler, sonreíste de nuevo, me dijiste “tenés un gusto re especial… que lindo” y me quedé sin palabras, sólo pude sonreírte e irme caminando despacio, silbando “Crushing day”. En esa misma semana, te sentaste junto a mí cuando faltó tu compañera de banco, y comenzamos a ser amigos. Hablamos mucho de música, de películas, y obvio que también hablamos de nosotros. Te reíste cuando te conté las bromas que le hacía a mi hermana, te vi llorar cuando me contaste de tus papás separados, de cómo te enojaba que tu papá haya engañado a tu mamá, que no podías perdonarle eso, y hasta te brillaron los ojos cuando un día te conté que extrañaba mucho a mi abuelo, que no me acostumbraba a no verlo, que estaba triste… y me dijiste “no te pongas así… él está con Dios”, ahí te comenté que Dios era quien me daba paz al respecto, paz a pesar del dolor.
Vi tu mirada clara, transparente. Vi tu sonrisa enorme, luminosa, dulce. Me invitaste a tu cumpleaños, llevé la guitarra y te canté esa canción que tanto te gusta “Si tú no vuelves”. Me abrazaste emocionada, me agradeciste, y nuestros compañeros se rieron y bromearon, creían que éramos novios.
Los días pasaban y te iba conociendo mejor, me encantaba pasar rato charlando, o acompañarte hasta tu casa a la salida, cuando íbamos caminando y bromeando, o cantando… y tu sonrisa era como un poco de sol. Para el día del amigo te regalé una tarjeta con Minnie Mouse y te escribí diciéndote lo valiosa que era tu amistad para mí, me regalaste una lapicera con una pequeña clave de sol impresa, y me escribiste: “para que con ella escribas tus mejores canciones”. Y vi tus ojos llenos de alegría al ver mi sonrisa.
Hasta que vi tu mirada, y ese gesto, como queriendo decir algo.
Una mañana en clase de historia el profesor enseñó sobre la teoría de la evolución, y comentó: “quién podría dudar, verdad?”. Dije: “yo no creo en la evolución”. Se hizo un extraño silencio, todos me miraron. El profesor se rió y me preguntó “y eso de donde salió Juan? Cómo que NO CREES en la evolución?”, entonces respondí tranquilamente “no lo creo, porque soy cristiano, sé que fue diferente…” de inmediato me interrumpió diciendo que no hablábamos de teología, que no íbamos a polemizar sobre algo consabido, que madure… y no recuerdo qué más dijo porque en medio de todo te miré, y vi tu mirada lejana, muy lejana… Luego del recreo dijiste que Sonia se sentía mal, que te ibas a sentar con ella, que me busque otro compañero de banco… supe que era una excusa, no sos buena mintiendo.
A la salida del colegio, como siempre te esperé. Viniste caminando con Sonia y unos amigos más. Te pregunté “Vamos?” “No… disculpáme… me voy con ellos” me dijiste, y eso fue todo.
A partir de ese día, te alejaste cada vez más de mí. Al principio me dolió y luego me dio bronca. Busqué el momento para preguntarte por qué, qué pasó y me esquivaste, hasta que un mediodía saliendo de la escuela escuché la voz de Osvaldo, intrigado preguntándote: “-Che, que pasó con Juan? No son más amigos?” y tu voz distante murmurando: “-No, ya no… Juan es un fanàtico de esos… ni cree en la evolución… patético”. Entonces Osvaldo me vió, y me miraste. Me miraste con ojos fríos, indiferentes. Entonces recordé lo que escuché muchas veces en la iglesia sobre mantener firme nuestra fe, sobre ir en contra de la corriente, sobre padecer. En ese momento, en mi mente y en mi corazón simplemente le entregué el asunto a Dios. Y te miré.
Y vi tu mirada. Y vi ese gesto de tu boca, como a punto de decir algo, y callando. Te miré a los ojos, te dije “Hasta mañana” y me fui caminando, con paz a pesar de tu mirada, con paz a pesar del dolor.